"¿Por qué me has dejado grabar esto?"

Anthony Weiner fue un congresista del Partido Démocrata de los Estados Unidos desde 1999 hasta 2011. Durante ese periodo, fue querido y votado por el 60% del electorado. Las cosas iban bastante bien, pero el 16 de junio del 2011 tuvo que dimitir debido a unos mensajes con contenido sexual que se filtraron a los medios el mes anterior.


Dos años después, pidiendo una segunda oportunidad, se presentó a las elecciones para alcalde de Nueva York en 2013. Es para la campaña de estas elecciones por lo que Josh Kriegman y Elyse Steinberg pusieron en marcha el documental WEINER, que debía funcionar como el legado de un político que pretendía renacer de sus cenizas. Las cosas parecían volver a ir bastante bien.

Tres meses después de pedirle a su gente esa segunda oportunidad, y debido a la filtración de una nueva serie de fotografías de contenido sexual aún más explícito, Anthony Weiner tuvo que volver a confesar que todo era cierto y también que había sucedido después de su dimisión de hace dos años. Había pues mentido a su gente entonces diciendo que no volvería a hacerlo y estaba volviendo a prometer más de lo mismo.

Las elecciones tendrían lugar dos meses después de esta confesión, y el documental muestra cada segundo de la vida de Anthony, su mujer y su equipo de campaña durante todo este calvario. Hacia el final del documental, Josh Kriegman habla por todos nosotros cuando le pregunta: "¿Por qué me has dejado grabar esto?", a lo que Weiner solo puede responder encongiéndose de hombros mientras su mujer come en silencio en segundo plano como si estuviéramos viendo un capítulo de THE OFFICE.

El documental ganó en Sundance en 2016 y llega en un momento en el que la sociedad está reevaluando su relación con las redes sociales. La película COLUMBUS, con dos nominaciones en los Spirit de este año, añade una nueva perspectiva a este debate.

Casey es una chica que vive en Columbus, Indiana, Estados Unidos, y que en vez de tener un smartphone, teléfono inteligente, dice tener un dumbphone, teléfono tonto, que solo usa para realizar llamadas. Se sobreentiende que Casey no presta atención a las redes sociales ni, con ello, a una parte importante del mundo exterior, y es precisamente su relación con el mundo exterior a Columbus uno de los ejes principales de la película. Sin embargo, Casey adora los edificios de paredes de cristal donde se puede ver el interior. Precisamente gracias a uno de ellos puede descubrir un secreto de su madre que será crucial para tomar una decisión que podría cambiar su vida.

La tecnofobia surgida a raíz de BLACK MIRROR nos convierte un poco en Casey. En ocasiones, preferiríamos tener un dumbphone, aislarnos del mundo y ser así invulnerables a las paredes de cristal, pero por otro lado adoramos esas paredes de cristal y podemos quedarnos mirando horas a algunas de ellas. Es evidente que Anthony Weiner se creía invulnerable pero, cuando se dio cuenta de lo contrario, pensó que podría controlarlas, el mundo vería cómo es en realidad, aplaudirían su transparencia y todo volvería a la normalidad. Pero se equivocó. Las paredes de cristal pueden fácilmente volverse en tu contra y se necesita mucha habilidad para encontrar el balance perfecto. Le pasó a la madre de Casey, le pasó a Anthony Weiner y le pasó a Ingrid en INGRID GOES WEST.


INGRID GOES WEST comienza prácticamente con Ingrid Thorburn saliendo de un hospital psiquiátrico. Su problema es que se obsesiona fácilmente con perfiles de personas en Instagram y trata de imitar sus comportamientos y sus gustos, hacerse amiga de ellos y publicarlo todo en su perfil. Es justo después de descubrir el perfil de la influencer Taylor cuando decide dejar Pennsylvania y mudarse a Los Ángeles para cumplir su sueño: convertirse en Taylor Sloane.

La película añade así otra perspectiva al debate de la relación que tenemos con las redes sociales y las paredes de cristal. Matt Spicer explica que la obsesión por ser la persona que decimos ser en nuestros perfiles se volverá algún día en nuestra contra, y que la obsesión por que el mundo vea la persona que creemos ser también. Ingrid no es ni siquiera una caricatura; es una realidad. Durante parte del metraje nos olvidamos de que estamos viendo a una persona enferma, y encontramos semejanzas con algunas de las personas que nos rodean.

El relato de este trastorno obsesivo se convierte así en el símbolo de toda una generación, y la moraleja es compleja de traducir. Si en un lado nos encontramos la tecnofobia de los que prefieren leer periódicos en el metro o prohibir las redes sociales, en el otro nos encontramos a Ingrid o a Weiner. Encontrar el balance se convierte así en una tarea complicada que ha de ser aprendida y enseñada.

"¿Por qué me has dejado grabar esto?" podría ser la pregunta que nos hagan las redes sociales a nosotros algún día. Y nosotros, claro, tendremos que encogernos de hombros.


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